¨Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termine creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo.La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela. El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Ortega y Gasset. Dice así:"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Nada más. Hay otro de ¨Las Mil y una Noches¨, cuyo texto no tengo a la mano y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra. Más que el cuento mismo alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia...¨
viernes, 10 de octubre de 2008 | Publicado por Félix en 9:56 | 0 comentarios
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: ¿TODO CUENTO ES UN CUENTO CHINO?
| Publicado por Félix en 9:21 | 0 comentarios
SUBCOMANDANTE "MARCOS" ESCRITOR
Rafael Sebastián Guillén Vicente, su verdadera identidad, camina lento y ornamenta su ropa con los artículos de origen indígena que recibe en los distintos pueblos que visita. El hombre inalcanzable, de voz pausada, irónico y risueño, tiene ya un poco de sobrepeso: aunque intenta mantener la mística de un guerrillero, hoy su trabajo no está en las trincheras. Todavía cubre su rostro con un pasamontañas, como ignorando que México entero conoce al Subcomandante Insurgente Marcos, sabe su historia, su nombre, lo que estudió, y hasta su manera de “echar pestes”. De su identidad los mexicanos se enteraron cuando en una entrevista trató de muy mala forma a la esposa del ahora ex Presidente Ernesto Zedillo, quien respondió el ataque exponiendo la imagen del Sub en televisión. Él, aunque perdió el anonimato, mantiene su carisma. Sus ojos reflejan su sonrisa y lo muestran tal cual es: cálido y bromista.
Régis Debray lo considera el mejor escritor latinoamericano. Desde antípodas políticas, Octavio Paz ha elogiado su escritura. Pero el subcomandante Marcos, jefe militar del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, habla con timidez de su condición de escritor. "Más fácil sería con un mate", dijo en uniforme guerrillero y pasamontañas que sólo confía al aire los ojos y parte de una nariz objeto de su autoburla constante.
La máscara no atenúa la clara emanación de juventud. Es un fenómeno raro, sin antecedentes conocidos en el mundo: su fama de escritor dimana de la prosa que vuelca en los comunicados que firma en nombre del EZLN. Son textos políticos que han llevado de la guerra de verdad, a la guerra de palabras; pero el subcomandante les añade paseos de ficción en las posdatas. Donde ha aparecido hace meses el personaje Durito, un escarabajo que se proclama Caballero Andante de la Selva Lacandona y tiene a Marcos de escudero. Ambos dialogan como el Quijote y Sancho Panza sobre las materias más diversas y de política además. El Nobel mexicano [Octavio Paz] calificó a Durito de invención literaria memorable. La entrevista con el subcomandante insurgente del EZLN se realizó en el marco del Encuentro Continental Americano por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, en algún lugar de la Selva Lacandona, y allí el jefe militar zapatista reveló que siempre le ha gustado escribir.
-¿Cuándo escribió su primer poema?
-A los 13 años.
-¿Lo recuerda?
-No, hay cosas que más vale la pena olvidar.
-¿No recuerda las circunstancias que lo movieron a escribirlo?
-Sí, era melancólico, era sobre la vida y la muerte, medio tétrico, con la pregunta sobre el sentido de la vida que probablemente se hace todo adolescente. Yo estaba en la secundaria, como se dice en Argentina. Ya había leído poesía y ese poema debe haber sido muy parecido a los que yo leía por entonces. Me acuerdo más o menos del tema y de la circunstancia un poco existencial, o bastante existencial, de ese momento, pero no me acuerdo mero cómo iba.
-¿Siguió escribiendo poesía luego?
-No. Iba más al cuento, a la poesía casi nunca le entré. En aquel ámbito cultural la poesía era mucho la cuestión de la métrica, tenía que rimar y todo eso. Y entre que no me salía, que necesitaba pues un cierto manejo del lenguaje, que apenas estaba aprendiendo, y que me provocaban aversión esos chalecos, no sabía cómo entrarle. Entonces mejor le daba al cuento. Cuentos escribí bastantes. Y, por supuesto, una novela que nunca acabé. Como todos los escritores que se precian de serlo; siempre tienen una novela que nunca han acabado. Pero no, a la policía, perdón a la poesía no le entraba, a la policía tampoco.
-¿Pero ha escrito poesía en los últimos años?
-Escribí en el período de la montaña, los diez años que pasamos allí, sobre todo en los primeros años 1984/1985 que fueron muy solitarios, poesía que pretendía ser política. Tratando un poco de jugar al espejo o de ayudarnos a nosotros mismos, pues éramos una pequeña pandilla casi que quería cambiar el mundo; afirmando que sí valía la pena lo que queríamos hacer, o lo que íbamos a hacer, aunque entonces no sabíamos que lo íbamos a hacer todavía.
Nosotros organizábamos actos culturales todos los lunes de cada semana: el grupo de combatientes se juntaba en lo que llamábamos la célula cultural y se decían poemas, se cantaba, se representaban obras de teatro. El único libro que teníamos entonces yo era capitán era una antología de Miguel Hernández. Había más reuniones culturales que poemas en el libro y éste se acabó. "Escribe algo", me decían los compañeros, así que los primeros poemas que escribí en ese período eran más bien por encargo. Y eran poemas así, pues, lo rudimentario o lo acartonado que pueden ser los poemas sobre pedido.
Luego ya escribí por gusto, por ganas, algunos más, volví otra vez al cuento y a las narraciones cortas como las "Instrucciones para cambiar el mundo" o las "Instrucciones para caer y levantarse", todo eso con mucha influencia de Cortázar; uno de sus libros era el otro que yo cargaba. Pero a la poesía siempre le he tenido mucho miedo. Es como dice Durito, la distancia entre lo cursi y los sublime es delgadísima; yo le digo a Durito que no la conozco porque no he logrado cruzarla, sigo todavía del lado de lo cursi. Así que para llegar a lo sublime... Algo intenté en poesía cuando empezamos a hacer contacto con las comunidades indígenas.
El manejo del lenguaje que hacen ellos, la descripción de la realidad, de su realidad, de su mundo, tiene mucho de elementos poéticos. Eso como que removió la trayectoria cultural normal o tradicional que traía yo en literatura y empezó a producir esa mezcla que asomó en los comunicados del EZLN del 94. Era un poco como estarse debatiendo entre las raíces indígenas de un movimiento y el elemento urbano. Es lo que yo podría decir sobre esa trayectoria, pero sí, siempre me gustó escribir. No mostraba lo que hacía, por supuesto, escribía para mí mismo.
-Octavio Paz dice que Durito es una invención memorable.
-Eso es injusto, Durito protesta. Dice que él no es una invención, que es real y que, en todo caso, la invención soy yo.
-¿Sigue leyendo poesía?
-Sí, cómo no. En alguno de los comunicados cuento la historia de una niña que se murió, Paticha, explicando un poco esto de los nonatos. En realidad, eso viene de la lectura de un poema de un argentino que habla de una niña. ¿Se acuerda usted de ese poema? ¿Cómo se llama?
-No sé de qué poema me habla.
-Si es suyo.
-Hay cosas de las que uno se quiere olvidar, usted lo dijo.
-No, es bueno ese poema. Lo encontré en una antología de la poesía latinoamericana, junto con otro texto suyo. No me acuerdo cómo se llama, pero habla de una niña que, obligada por las condiciones sociales, comete un crimen.
-¿Será, "María la sirvienta"?
-Andale, ése era. Su estructura inspiró la forma literaria de la historia de Paticha. La historia es real, pero su presentación tiene mucha cercanía con "María la sirvienta". Y en algunas de las historias que cuento, que contamos nosotros, aparecen elementos poéticos digo, en mi caso de Miguel Hernández, del Neruda del Canto general, sobre todo, un libro que nos influyó mucho a muchos en la montaña y que también cargábamos. No conocimos poesía más reciente hasta que ya bajamos.
-¿Y Pessoa?
-A Pessoa lo encontramos bajando de la montaña, del 94 para acá, en libros que nos regalaban. Pero eso es nuevo. La poesía que frecuentábamos nosotros era la que se consideraba poesía social o de compromiso. Que es la que nos gustaba, porque estábamos en eso. O la más lejana de los clásicos como Shakespeare, eso sí. Pero de la poesía contemporánea sólo la que tenía contenido social; la que no, nos parecía que no servía, que era contrarrevolucionaria, pequeñoburguesa, etcétera...
-¿Piensa lo mismo ahora?
-Evidentemente no.
-¿Y qué piensa?
-Nos damos cuenta ahora de que fueron esos elementos, los no esquemáticos, los no tradicionales respecto de esa cultura de izquierda en la que nos formamos nosotros, en especial de la izquierda clandestina, la de los subterráneos, los que nos abrieron ventanas. Que lo que nos salvó como proyecto social, como proyecto político y, sobre todo, como seres humanos, fueron esas ventanas abiertas, esas supuestas "manchas" para un revolucionario cuadrado, lo que nos llevaba a nosotros a decir bromeando que para ser cuadros revolucionarios éramos bastante redondos. No respondíamos a los esquemas pues, y por lo tanto estábamos desechados.
Esa cultura, esa literatura tienen su lugar, tienen su espacio y no pueden ser catalogadas según los moldes que nos enseñaron, que poesía es la poesía revolucionaria de "Patria o muerte, venceremos" solamente, o la que describe una situación social. Hay poesía que trabaja sobre el lenguaje mismo y no le importa tanto lo que dice sino el manejo del lenguaje; hay poesía que expresa sentimientos o cuestiones vivenciales cotidianas; hay poesía de muchas clases.
¿Cómo decirlo? El esquema político con el que habíamos crecido tenía su referente o su equivalente en un esquema cultural, en un esquema ideológico e incluso en un esquema moral que marcaba qué era lo bueno y qué era lo malo: bueno es todo lo que sirva a la revolución, malo es todo lo que vaya en contra de la revolución. Y ahí no está el problema de lo bueno y lo malo, de esa manera sólo se lo está eludiendo. Y eso pasaba no con la literatura únicamente, con la música también, o sea, cuál debíamos escuchar o cuál nos debía gustar, porque de eso se trataba; de nuevo tenía que ser la música de contenido social o la música revolucionaria, como le decíamos nosotros.
Y la otra pues era música enajenante, alienante, etcétera. Aunque nos gustara, teníamos que callar y decir que la buena era la música de contenido social. Esa concepción influía hasta en las pláticas del (grupo) colectivo. El colectivo de montaña es un conjunto muy solitario, sometido a condiciones muy duras, que tiende a cerrarse, a hacerse fuerte para poder resistir, ayudándose uno a otro. Entonces la nostalgia estaba prohibida; en todo caso, manifestarla. No es que hubiera una ley, pero cuando se notaban síntomas de desmoralización en un compañero había que ayudarlo explicándole, por ejemplo, que el proletariado, por una decisión histórica, iba a asumir sus objetivos, etcétera.
-Hay quien supone que ciertas cosas dejan de existir no usando las palabras que las nombran.
-Sí, era una especie de realismo socialista, pero en pequeño. Estoy hablando de una columna formada por doce hombres. Doce en "las grandes fiestas", decíamos que eran cuando nos juntábamos, porque en realidad nos partíamos en unidades de cuatro. Ese esquema rígido invadía todo lo que era la vida del campamento guerrillero. No se platicaba sobre la familia, porque te llevaba eso al lugar de partida. Tampoco sobre las expectativas personales: no podía uno imaginarse en el futuro siendo un hombre común y corriente, o podía, pero no debía decirlo.
Decir, por ejemplo, finalmente cuando termine esto me voy a dedicar a ser chofer; no, cómo, te contestaban, eso es contrarrevolucionario, tienes que ubicarte en un lugar revolucionario, seguir en esto o hacerlo como el Che, irte a otro país y continuar la pelea, etcétera.
-Antes evocó usted un problema que tiene que ver con lo que está expresando ahora: el del contacto con la cultura indígena. ¿Ese contacto ayudó o quizás obligó a modificar estereotipos, y no sólo desde el punto de vista de los contenidos, sino también en lo que hace a la lengua? Porque sorprende a quien visita Chiapas el castellano que hablan los indígenas, lleno de giros y concordancias desusados. Algo semejante ocurrió en Guatemala cuando los indígenas, después de más de cuatro siglos de padecer la dominación blanca, empezaron a hablar el castellano y produjeron rupturas sintácticas extraordinarias y muy enriquecedoras. ¿Qué piensa de eso? ¿Qué le ocurrió con eso?
-En realidad, casi nadie toca ese tema. Nosotros advertíamos que la concepción política de lo que el EZLN era entonces chocaba con la concepción política de las comunidades indígenas y se modificaba. También hubo efectos en el quehacer cultural del EZLN, que tenía una vida cultural bastante intensa para una unidad guerrillera. No sólo nos enfrentamos con las lenguas indígenas, sino también con su manejo y con la forma de apropiación del español. Los indígenas no se apropian de conceptos, sino de palabras, y traducen su visión con un manejo del lenguaje muy rico, como decir "está triste mi corazón" por "me siento mal", o decir "me duele el corazón" y señalarse la panza, que está cerca. De pronto alguien se enfermaba y decía "me voy a morir" y al principio uno pensaba que, en efecto, se iba a morir; y cuando se lo revisaba no era más que un dolor abdominal.
Pero así se sentía. Nos encontrábamos con que los indígenas manejaban el lenguaje con mucho apego al significado de las cosas y al uso de imágenes también. Teníamos que aprender ese otro manejo del lenguaje para poder comunicarnos con ellos, y ellos con nosotros, lo que empezó a producir efectos en nuestra forma de hablar. Y de escribir. Llegó un momento en que estábamos hablando "chueco", como decíamos nosotros, a veces anteponiendo un adjetivo, otras no nombrando una cosa sino aludiéndola como una imagen, y sucedió que así cuajó nuestro modo, el modo de hablar de los zapatistas, y eso nos hizo perfectamente identificables. Claro, nadie nos andaba buscando, pero en las comunidades se sabía quién era zapatista por el modo de hablar, incluso para explicar la política y para explicar la guerra, que entonces apenas era un futuro incierto.
Muchos han percibido los efectos del contacto con las comunidades en la política y la organización de los neozapatistas, pero nadie o pocos son los que se han dado cuenta de las consecuencias del choque cultural, que sin embargo llama la atención también en el neozapatismo. Me refiero al manejo del lenguaje en relación con la política. Así lo vemos nosotros, pero es muy difícil reflexionar desde adentro, nos falta distancia y nos falta tiempo para ver cómo se da eso. Necesitamos un exterior, un outsider para poder entenderlo. Nosotros no podemos explicar qué es lo que hizo posible eso. Sabemos que lo estamos haciendo y decimos "algo pasó aquí", pero no hemos pensado todavía sobre lo que realmente ocurrió para que se produjera el zapatismo de 1994. También hay que considerar cómo entró el zapatismo en contacto con la sociedad civil, con ese México que no tenía nada que ver ni con el enemigo ni con el compañero. Ese hecho también influye en el trabajo de lenguaje del zapatismo.
Puede incluso verse cómo los comunicados del EZLN de los primeros días del 94 y los que fueron emitidos más adelante en el año dan paso a una modificación en el lenguaje que está buscando su acomodo y se está haciendo todavía. Es decir, se ha sumado otro elemento, aparte del indígena y del que procedía de la izquierda tradicional que bajó de la montaña: los dos últimos constituían ya una realidad compleja que otra vez se enfrentó con una realidad compleja, la de México. Y hay como una retroalimentación así lo vemos, vamos tocando puertas, encontramos una abierta, nos metemos, tocamos otras y así; y en el lenguaje estamos tocando puertas y donde vemos que se abren, por ahí seguimos.
Por eso a veces nuestro discurso es muy repetitivo, pensamos que lo que nos resultó una vez y nos permitió hacernos entender va a volver a producir el mismo efecto. Desgraciadamente, no siempre es así. A veces produce el efecto contrario; otra vez lo mismo, se piensa, y más porque del zapatismo se espera siempre algo nuevo, más creativo, que no incurra en la reiteración, y para nosotros lo más cómodo es insistir con lo que sabemos ya que resultó.
A dos años de nuestra salida a la luz, ése es uno de los problemas que tenemos. Debemos seguir buscando dentro de nosotros mismos y dentro de las relaciones creadas un lenguaje que no nos haga perder el puente con la sociedad que logramos construir en los últimos dos años. Sabemos lo que no hay que hacer, es decir, repetirse, pero todavía tenemos que precisar lo que hay que hacer, y eso estamos probando. Por eso nos sirve mucho el contacto con gente que no viene de nuestra trayectoria, no me atrevería a decir de afuera porque es gente que está muy imbricada en el movimiento, pero que ve otras cosas, tiene otras experiencias, otra historia y ha hecho otro recorrido.
Eso nos ayuda a ver dónde podemos avanzar. Y en buena parte el futuro del zapatismo está en el lenguaje. No quiero decir que el zapatismo va a desaparecer, pero su futuro y su quehacer tienen que ver mucho con el quehacer de su lenguaje. Según sea el futuro de su palabra, será el futuro del EZLN. No, no el EZLN, del zapatismo, que hoy es mucho más amplio.
-En su mensaje de la ceremonia de clausura del Encuentro Continental Americano por la Humanidad y contra el Neoliberalismo dijo usted que al zapatismo se le exige no que se parta en dos sino en muchos pedazos, en referencia a la satisfacción de unos y la preocupación de otros por sus intervenciones anteriores. ¿Deberá cambiar el lenguaje de sus comunicados para contentar a todos?
-Tal vez convenga insistir en ese partirse en dos, en tres o en cuatro; unos esperan del zapatismo una guía, respuestas a cosas prácticas; otros, un pronunciamiento político; otros, algo que arranque una sonrisa; otros, algo que sea nuevo. Eso es algo, lo digo honestamente, que cada vez torna más difícil escribir, cada vez se siente más que estás escribiendo para agradar a alguien o algo, y se corre el riesgo de perder la frescura, la que teníamos nosotros antes, cuando escribíamos y al que le gustó, le gustó, y al que no, se chingó (se jodió).
Pero las presiones sobre el zapatismo, de las que hablé en la clausura del Encuentro, en cuestiones políticas, también se dan en cuanto al manejo del lenguaje. Qué es lo que se debe decir, qué expresión es machista o sexista, cuál es feminista, y sentimos como que nos empiezan a acorralar. Nosotros no nos alzamos en armas para esto, nosotros queríamos el uso de la palabra y escribíamos por gusto y no queremos perderlo. No queremos hacernos profesionales de la palabra, gente que exista para producir una mercancía, algo para el mercado, aunque ese mercado sea de izquierda, o sea progresista, o sea democrático, lo que sea. Para eso hay computadoras. Se las programa y sale lo que uno quiere.
Entrevista realizada por Juan Gelman
Publicado en el Diario "Página 12", Buenos Aires, Argentina
Etiquetas: Entrevista
sábado, 27 de septiembre de 2008 | Publicado por Félix en 17:31 | 0 comentarios
¿CUÁLES HAN SIDO TUS LIBROS PREFERIDOS?
Estas escenas serían, como pequeños informes del estado de una sociedad imaginaria-la sociedad de los lectores- que siempre parece a punto de entrar en extinción o cuya extinción, en todo caso, se anuncia desde siempre. Ricardo Piglia
La lectura. Tiene que ver con el silencio. Con la búsqueda. Con la necesidad de aprehender. A través de los libros vamos diseñando nuestra brújula. Nuestros instrumentos de navegación. Nos llenamos silenciosamente de palabras. Hay un rincón en la casa. El preferido. El de la lectura. Con libros, que se acumulan en pilita. Junto a otra pilita. Temas y autores tan diversos. Depende, de qué andemos buscando cada vez. Leemos en los parques. Las salas de espera. Los transportes. El libro y sus promesas. ¿Qué día dicen que es? ¿En qué ciudad? ¿Con qué personajes?
Los libros preferidos. Lo que descubrimos. Nos marcan. Hay libros que nos acompañan siempre. Con la misma intensidad. Hay otros, que ya no preferimos, pero fueron compañeros definitorios, en distintos momentos. Están en el librero. Cargados de nuestras preguntas de entonces. Nuestras necesidades y convicciones de entonces. Nos crearon imaginarios nuevos. Esperanzas. Fascinación por ciudades. Modelos de vida. Ideales. Actitudes. Elecciones. ¿Cuántas generaciones de damas latinoamericanas languidecieron, deseosas de parecerse a la Maga, de Julio Cortázar en Rayuela? Podrían desmayarme de vergüenza retrospectiva. Pero fue todo un modelo de feminidad. Con su pasión desbrujulada a cuestas. Su manera de entregarse, al amor y al instante. Les parecía tan poética.
En La pasión por los libros, del filólogo Francisco Mendoza Díaz, se describe como ese niño "tímido y miope", que a los 11 años gastó 23 pesetas – “una fortuna para el hijo de un zapatero remendón”- adquiriendo una docena de libros en el Rastro madrileño. La foto de la portada es muy bonita: dos señores con sombreros Borsalino, revisan libros, en los estantes sobrevivientes de una biblioteca bombardeada en el Londres de 1940. De entre los escombros, rescatan palabras.
Mendoza, no describe exactamente a los devoradores que leemos ediciones de bolsillo. Sus lectores, padecen una exigencia más: son bibliófilos. Coleccionistas. Pero a pesar, de ese asegún de pasión especializada. Está hablando de lectores. Con más o menos mañas o exigencias. Lectores. El "Loco amor", la "Pasión desaforada por los libros". Avanza su hipótesis de las sinrazones del coleccionista: "Experimentamos a menudo esa sensación de que algo nos falta, psicológica o afectivamente…Uno de los modos más extendidos y menos perjudiciales de combatir la insatisfacción vital, es el coleccionismo".
¿Qué ser humano no siente la carencia? La falta. Aunque no coleccione rarezas e incunables. Esa búsqueda de un más allá de los límites, ¿No es el principio mismo de la pasión lectora? Entender lo que no entendemos. Acercarnos a lo que no sabemos. Avanzar en aprendizajes. Explorar mundos. Pasearnos en historias ajenas. Quizá quien se siente “completito”, no necesita leer. Pero, ¿quién podría sentirse así? La creatividad de los otros nos llama. Nos hipnotiza. Porque nos “falta”.
Cita a Eco, le preguntaron si había leído los 30 mil volúmenes de su colección: "No, los que ya he leído los tengo en la universidad, estos son los que voy a leer la semana próxima". Cuenta de M. de la Bedoyere, harto del hacinamiento provocado por su manía libresca (libreros apretujados y las eternas pilitas). Decidió curarse vendiendo sus libros. En el instante en que comenzó la subasta, su angustia fue tal, que terminó comprándolos todos. Pensé en Wilde, cuando en De profundis, le reprocha a su amante (en el que dilapidó su fortuna) el dolor y la humillación que le significó enterarse -en la cárcel- de la subasta de su biblioteca. Y lo más insoportable: su bienamado en libertad, no pensó en adquirir por lo menos uno de sus libros. Uno. Como memoria de toda una vida. Metafóricamente subastada. Página a Página.
Si pensaras en libros que marcaron tu vida ¿Cuáles serían?
¿En qué etapa cada uno? ¿Por qué?
La botella se fue al mar. Nos escuchamos.
| Publicado por Félix en 17:15 | 0 comentarios
CIFRAN EN 2300 A.C. LA CONSTRUCCIÓN DE STONEHENGE
La fecha es el descubrimiento más importante de las excavaciones que empezaron el pasado marzo en el conjunto megalítico, destinadas a averiguar cuándo y por qué fue construido y establecer si fue un santuario al que la gente enferma iba en busca de cura.
Tras una excavación histórica que se acaba de completar, arqueólogos ingleses han cifrado en el 2300 a.C. la construcción de Stonehenge, el círculo de grandes bloques de piedra más famoso del Neolítico, unos trescientos años después de lo calculado hasta ahora, según revela un documental que emitirá la BBC.Esta investigación arqueológica estuvo a cargo de los profesores Tim Darvill, de la Universidad de Bournemouth (sur de Inglaterra), y Geoff Wainwright, de la Sociedad de Anticuarios.Los detalles de estos trabajos están contenidos en el documental Timewatch que emitirá el próximo día 27 la cadena BBC.En las excavaciones se obtuvieron fragmentos orgánicos del círculo de piedra originario, del que no hay restos visibles.Este material fue enviado a un laboratorio en Oxford, que fijó la fecha de radiocarbono, distinta a los años calculados hasta ahora sobre el origen de Stonehenge, de entre 2600 y 2400 a.C.La fecha, según la cadena, es fiable, aunque en los próximos meses los expertos harán más pruebas para dar un resultado preciso.Además, los análisis de los minerales del lugar indican que las piedras doleritas originales fueron llevadas a la llanura de Salisbury (sur de Inglaterra)- donde está Stonehenge-, desde Preseli (Gales), zona que está a 240 kilómetros del complejo megalítico.Darvill y Wainwright creen que Stonehenge fue un centro de curación, algo así como el santuario de Lourdes de la época, adonde personas enfermas o heridas viajaban en busca de cura porque creían que las piedras doleritas tenían poderes especiales.Los análisis de dientes hallados en Stonehenge indican que "cerca de la mitad" correspondían a personas que no eran del lugar."Stonehenge no sólo podía atraer a personas que no estaban bien, sino a gente que podía curarles", según Darvill."De esta manera, Stonehenge fue de algún modo el servicio de urgencias del sur de Inglaterra", añadió.Para establecer estas teorías, los dos profesores recibieron permiso de English Heritage (Patrimonio), responsable del mantenimiento del conjunto megalítico, para excavar en una zanja de entre 2,5 y 3,5 metros en el cuadrado sureste.En declaraciones a la BBC, Wainwright dijo que el trabajo ha sido como "un sueño hecho realidad", "le dijimos al mundo que fecharíamos Stonehenge. Fue un riesgo pero tenía confianza".La nueva fecha coincide con la del entierro del llamado "Arquero de Amesbury", al parecer un hombre rico y poderoso de la época.Los análisis de su cuerpo indican, según la BBC, que era un hombre que sabía construir con metal, que viajó a Stonehenge desde los Alpes, aunque se desconoce por qué razón.
| Publicado por Félix en 16:53 | 0 comentarios
LAS CONFESIONES DE LEÓN TOLSTÓI
La edición de las cartas del autor de La guerra y la paz cierra el retrato más completo del escritor ruso y reflejan la lenta conversión del Tolstói de conde a monje. En su país todavía perduran colonias que viven bajo el ideario naturista y legado del creador de Ana Karenina.
Sólo la muerte prematura (Dostoyevsky, Pushkin...) salva a un escritor ruso de convertirse en un profeta (Tolstói, Solzenitsin...). La traductora mexicana Selma Ancira presenta en España, en Acantilado y tras ocho años de trabajo, el autorretrato más completo del autor de Ana Karenina: los diarios, reunidos en dos tomos, y una selección de su vasta correspondencia: 390 cartas elegidas entre las 10.000 guardadas en una habitación blindada en Moscú. Selma Ancira, gracias a la Fundación de Arte y Cultura de México, pudo instalarse en Moscú para consultar los manuscritos originales y publicar por primera vez los textos sin censura alguna, ni soviética ni de los editores timoratos o poco rigurosos de los años 40 y 50. "Me planteé la edición de los diarios y la correspondencia de modo que cada entrada del diario o cada carta fueran una tesela del mosaico para completar el retrato de cuerpo entero de Tolstói". Un retrato en movimiento. "Para vivir honradamente -decía el escritor- es necesario desgarrarse, confundirse, luchar, equivocarse, empezar y abandonar, y de nuevo empezar y de nuevo abandonar, y luchar eternamente y sufrir privaciones. La tranquilidad es una bajeza moral". ¿Qué retrato aparece? Un hombre impetuoso, apasionado, fogoso, descarriado, de aguda inteligencia, mezclado todo ello con un sentimentalismo exacerbado, en autoanálisis permanente y en búsqueda ansiosa de la verdad. Un sentimentalismo que no le impedía ser cruel con Shakespeare o retar a duelo a Turguenev, después de escribir que él perduraría más que Dostoyevsky, a quien no conoció, "un hombre en el que -reprochaba- todo es lucha".Una personalidad compleja y contradictoria, lector de Buda, Mahoma, Lao Tse, la Biblia, Epícteto, Kant, Nietzsche, en francés, inglés, alemán, griego, atormentado por dejarse vencer por la práctica del sexo, que encontraba "repugnante" y no conseguir el ajuste ideal entre su ética y su vida. A Selma Ancira, sumergida en el mundo Tolstói durante ocho años, aún le siguen sorprendiendo las paradojas: de cazador entusiasta a naturista vegetariano, de bebedor, jugador y fumador empedernido a fomentar ligas antialcohol y antitabáquicas, de escribir, en 1854, en la campaña del Cáucaso frases como "es cierto que es un placer un poco extraño el ver a las personas matarse unas a otras", a ser un defensor de la resistencia no violenta que se carteaba con Gandhi. Un Tolstói que consolaba a un amigo postrado: "No se aflija por su enfermedad. Está bien estar enfermo. De otra manera sería demasiado difícil morir". Los diarios y las cartas desmienten el cliché de un primer Tolstói europeo frente a un Dostoyevsky eslavo. "Tolstói vuelve de su viaje a Europa horrorizado, por ejemplo cuando asiste en París a una decapitación por guillotina: no entiende cómo se puede acabar con la vida de un ser humano con tanta frialdad". Es el repudio a su clase social, al fantaseo, al arte por el arte, cuando la realidad que ve cada día supura infamia, injusticia, sufrimiento y miseria, lo que le mueve a recriminar a Bernard Shaw su ironía, a Goethe su rima intelectualizada, a su mujer su predilección por la futilidad de la vida urbana, o, en definitiva, a reprocharse a sí mismo el abismo que ve entre Tolstói escritor y el autor de sus exámenes de conciencia diarios, hasta el punto de execrar sus novelas, como Ana Karenina -"ojalá alguien pudiera acabarla por mí, es repulsiva"- o Guerra y paz, reescrita por entero ¡siete veces! La transformación de Tolstói de conde a monje fue progresiva. Escritor compulsivo, su interés insaciable por el mundo le llevó a interesarse por la filosofía, la religión, la reforma social o la pedagogía - "he encontrado 150 textos pedagógicos de Tolstói que aún se dan a leer a los niños en Rusia y en las colonias que él fundó y que siguen sus tesis; he podido comprobar por mí misma que los niños salen risueños y alegres", dice Selma Ancira. El ideario de Tolstói era un personal humanitarismo cristiano. "Jamás creeré en la sinceridad de las convicciones cristianas, filosóficas o humanitarias de alguien que hace vaciar el orinal a una sirvienta. La máxima moral más simple y más breve: que los otros lo sirvan a uno lo menos posible, y servir uno a los otros en la medida de lo posible. Exigir de los otros lo menos posible, y darles lo más posible".
Un amor de novela.
Otro de los misterios de Tolstói es su relación con Sofía, su mujer. Se casaron cuando él tenía 36 años y ella 18. Tolstói cometió el error de dejarle leer sus diarios de soltero, donde confesaba su turbulenta vida sexual. Lo hizo pocos días antes de contraer matrimonio y, según los diarios de Sofía, ella sufrió una decepción que arrastró toda su vida. Tuvo 13 hijos, de los que vivieron 8. Jamás entendió la vida campesina y humilde que quería llevar su marido y se resistió a que Tolstói entregara sus tierras a los pobres y dejara libres de derecho sus obras literarias. Se enamoró de un músico y Tolstói se vengó cruelmente escribiendo Sonata a Kreutzer, humillándola ante sus hijos -le obligó a leérsela en voz alta- y ante toda Rusia. Según Selma Ancira, eso está en el origen del odio a Beethoven y a la pintura que el autor expresó en ¿Qué es el arte? Las salidas de su mujer y el músico fueron precisamente a un concierto de Beethoven donde se interpretaban las obras criticadas por Tolstói y a exposiciones de pintura citadas negativamente en el libro. El final de su relación es digno de un drama, con notas de thriller: a los intentos de fuga de Tolstói, Sofía, ya montado su marido a caballo, respondía agitando a gritos desde la ventana un frasco de arsénico o arrojándose vestida a un estanque de agua helada. Al final, Tolstói, con 82 años, se escapó con su hija Sasha. Celebérrimo en toda Rusia, compraba en las estaciones de tren billetes a destinos falsos para despistar a Sofía. Emprendió su último viaje en un furgón humilde, con el viento gélido del invierno ruso colándose por las ranuras. Enfermó de pulmonía y le depositaron en una barraca. Su mujer dio con él, pero Tolstói, agonizante, se negó a recibirla. Hay una foto estremecedora que refleja el drama. Sofía intentando escrutar desde la calle, a través de la ventana, el cuartucho donde yace su marido, al que no puede acceder, después de vivir con él 48 años, en la hora de su muerte. Fue en 1910, siete años antes de que el vendaval revolucionario acabara con la vieja Rusia.
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